lunes, 28 de octubre de 2019

Contrastes




El sábado 19 tuve una boda. La hija mayor de mi prima María se casó con su novio de siempre.


Yo soy de las que disfruta con las bodas.


Me gusta su alegría, la reunión con la familia y amigos, el volver a ver caras que hacía tiempo no encontrabas.


Me encanta comer cosas ricas, esos aperitivos largos donde te mueves por todo el recinto desgranando recuerdos y degustando delicatessem.


Me gustaban y mucho los bailes. En eso reconozco los años porque con la música actual no acabo de encontrar el ritmo.


Y me gustan sobre todo los preparativos y el pensar lo que me voy a poner.


Así que:¿Qué mejor ocasión para volver a visitar Sevilla?


Parte de la familia de mi madre, siempre vivió allí y guardo los mejores recuerdos de mis visitas a pesar de que la mayoría fueron en pleno verano y con el consiguiente calor.


Es una ciudad que me encanta.


Sus callecitas del centro, las plazas, las casas, las Iglesias, los patios, las fuentes, los olores…


Sevilla es una amalgama de colores, sonidos, sabores y gentes.


Contrasta las tradiciones más antiguas, con la modernidad más rabiosa; la devoción más intensa con la juerga desbordante; el silencio  de algunas de las procesiones más serias, con las palmas de la Feria.


Y en ese marco incomparable, en la capilla del Sagrario de la Catedral, fue la ceremonia religiosa.


La novia estaba preciosa. (Si os apetece verla su instagram es #mariadelriojimenez).


 Y el acompañamiento de la tuna de Derecho- el novio forma parte de ella- fue inmejorable.


Como es habitual en estos casos, las invitadas rivalizábamos en elegancia.


Sombreros, tocados, mantones… formaban un estallido de color y alegría.


Y para encajar en el cuadro yo me puse mi pamela grande y un abrigo de organza verde esmeralda.


Contrastaba la mitad de la cara tapada, ojos incluidos, con las transparencias de los paños del abrigo que volaban a la menor brisa.


Hicimos las fotos en el Alcázar, (mi prima consiguió las entradas con antelación) y no necesito explicar que con semejante atuendo, rivalizamos en atención con  la maravilla del monumento y fuimos el blanco de todas las miradas.


Si no conocéis Sevilla, no dudéis en acercaros y si ya estuvisteis sabéis que cualquier motivo es bueno para volver.


 Fotos: Julián Herrero.


jueves, 3 de octubre de 2019

En el antiguo monasterio de Corias, hoy Parador de turismo



Me gustan los edificios antiguos, tengo la sensación de que sus muros, testigos mudos de mil historias, nos envuelven en una atmósfera que no vemos, pero sí percibimos.



Y cuando doy con un monasterio restaurado, esa impresión de sumergirme en un mundo que existió, pero que yo no llegué a conocer, todavía se hace más intensa.



El actual Parador de Corias en Asturias, que fue en su origen  Monasterio Benedictino y más tarde seminario Dominico, el “ora et labora” parece aun resonar entre sus piedras.



Corias, está en el Occidente de Asturias y para llegar hay que recorrer un buen trecho de carreteras de las de antes. Estrechas, plagadas de curvas, colgadas de los montes que las sustentan y bordeadas de desniveles y terraplenes.



La cercanía de Galicia, se nota.
Los montes escarpados se sustituyen por colinas, los bosques de hoja caduca, dejan paso a las púas y las lanzas de pinos y eucaliptos.



Si logras no marearte entre tanta ida y venida, no te queda otra que sorprenderte con los pueblos colgados de los montes.



Tejados de pizarra, ventanas pequeñas para que no se cuele el frío del invierno y una sensación de que el tiempo se detuvo.



Túneles verdes de árboles que se juntan en las copas, brezo en flor tapizando las rocas y rebaños de vacas que pastan tranquilamente al sol.



El Parador es una mezcla de la   funcionalidad y la comodidad, que se esperan de un hotel,  con la  tradición y la austeridad de unas paredes conventuales.



Cada habitación tiene al lado un par de madreñas  para que no olvidemos que estamos en el campo. Y la quietud de los claustros, asiste inmutable al paso de un sinfín de turistas llegados de todas partes.



Si quieres sabes cómo eran las antigua celdas, conservan una tal como la vivían los monjes.



Y la biblioteca te atrapa con su invitación a quedarte leyendo el uno de sus acogedores sillones.


Aprovechando que el otoño es benigno, me he puesto uno de los monos que me compré este año, lunares y hombros al aire para romper el silencio mayor que aun se cuela por los pasillos, en cuanto te descuidas lo más mínimo.


Fotos: Julián Herrero

Mono: Zara