viernes, 30 de agosto de 2013

Pantalón de peto


No sé si le pasará a más gente, o es sólo cosa mía, pero ver un pantalón de peto y pensar en un pillastre es todo uno.






Tengo la sensación de estar ante un permiso para salir de la rutina.






Es como si al ponérmelo pudiera volver a salir a jugar, a divertirme como cuando era una niña.






Y los míos me encantan.
Amplios, cortos, con tirantes que se cruzan atrás.







Siento como si me quitaran años y preocupaciones.







Sé que tienen otras posibilidades, que pueden contrastarse hasta dar con un conjunto sofisticado.







Pero yo estoy feliz con mis sandalias planas, con la camiseta de dibujos y con la bolsa de tela, haciendo fotos y dejando que me las hagan.








Como una niña de quince años en su primera salida.
Todo me llama la atención y todo me parece precioso en la noche Lisboeta, iluminado por la luna llena y dejándome atrapar por la magia de la Torre de Belem o el puente del 25 de abril.







En medio de la sesión nos tomamos un batido en la terraza de una de las Docas. Se estaba en la gloria, pero las fotos se quedaron en mi cámara y en este momento no la tengo aquí.
 Quería publicar y por eso no salgo con mi copa color de rosa adornada con pajitas negras y hojas de menta.







Y luego nos fuimos a cenar a la pastelaria de Belem, que estar allí y no disfrutar de sus exquisiteces es pecado mortal.








Los pasteis acababan de salir del horno y estaban tan deliciosos como de costumbre, dejar que se te deshagan en la boca es de esos placeres que por sí solos merecen una visita.








Ellos aseguran que lejos de Belem, pierden una barbaridad.
Yo creo que no es para tanto, pero no cabe duda de que comerlos “ in situ” es lo propio.

    


Fotos: Julián Herrero.

Pantalón: Zara.
Camiseta: Zara.
Collar: Zara.
Sandalias: Promod.
Bolsa: Primark.

miércoles, 28 de agosto de 2013

Hotel Fénix Lisboa



El otro día contaba las razones que nos llevaban a repetir destino de viaje y comentaba que solemos volver también al mismo hotel.






Con el Fénix de Lisboa no nos une la misma relación que con la ciudad, nos gusta, está bien, tiene una excelente relación calidad-precio, los buffets del desayuno suelen ser estupendos y nos gusta su situación en la plaza del Marqués de Pombal.








Pero eso no impide que cada año revisemos la casi totalidad de los hoteles lisboetas para ver si hay otro que nos ofrezca mejores condiciones.






He de reconocer que somos un tanto especiales y no nos apetece meternos en todo el bullicio de la Baixa y tampoco tenemos gana de irnos a uno en la parte moderna que nos obligue a usar transporte, con lo que las posibilidades se limitan.






Por eso, cuando miramos el resto de los de la zona –debe tener la mayor concentración de hoteles por metro cuadrado del mundo –siempre acabamos decidiendo que las mejores condiciones son las suyas y repetimos de nuevo.





Este año, sin embargo hubo algo que cambió y que creo que nos va a fidelizar en el futuro y es que uno de los camareros del desayuno acabó por hacerse amigo nuestro.







Tengo que decir que el personal de hostelería de Lisboa, en general es de lo más amable, pero en este caso encontrarte cada mañana no sólo con una sonrisa, sino con alguien que se interesaba por cómo habías dormido, por las cosas que habías hecho el día anterior, por tus gustos y tus aficiones, iba más allá de la mera atención.






Bajar al buffet, buscar mesa y encontrar su acogida era todo uno.

Teníais que verlo, correr no, volar, para encontrarnos la mejor, para colocarnos de inmediato el servicio, para traernos un cuenco con fresas, que no estaban entre la fruta del expositor, para llevarnos el café.






Era una forma deliciosa de empezar el día.





Como casi siempre esperábamos para bajar a las diez, hora local, solíamos ser de los últimos y así se permitía el lujo de charlar un poco con nosotros en un español impecable.





Cuando le dijimos que íbamos a la playa en Cascais, nos comentó que a veces llegan delfines – en portugués se llaman golfines, que nos hizo mucha gracia – y que hacen las delicias de los bañistas.








El último día, le dimos una propina. Era poca cosa que no están los tiempos para excesos, pero nos apetecía premiar aquel trato especial. Casi se le saltan las lágrimas:

- Pero, no hace falta. Yo sólo cumplía con mi deber. No tienen por qué.
- Ya sé que no tenemos ninguna obligación, pero es una forma de agradecer lo bien que nos trataste.







Nos marchamos con la imagen de su cara de agradecimiento y sus deseos de que tuviéramos buen viaje y las cosas nos fueran bien.







Al final ese recuerdo va a pesar más que las comodidades y las instalaciones del hotel, porque en el fondo somos unos románticos.

Fotos: Julián Herrero

Americana: Pull&Bear.
Camiseta de punto: Zara.
Bermudas: Zara.
Collar: Zara.
Sandalias: El Corte Inglés.
Sombrero: Tienda de Lisboa. 

lunes, 26 de agosto de 2013

Repitiendo destino



Pero ¿Otra vez a Lisboa?
¿Por qué no cambiáis de sitio y conocéis algo nuevo?





Una y otra vez, la misma pregunta, repetida por distintas  personas y en momentos distintos, llegó a hacerme dudar de la bondad de nuestra decisión de volver al mismo destino.





Quizá fuera conveniente un paisaje diferente y un cambio que nos alejara aún más de las rutinas.
Pero preferimos no modificar una costumbre ya adquirida, con lo que,  hechas las reservas y llegado el día volvimos a la misma ciudad y al mismo hotel.




Reencontrarnos con Lisboa no nos defraudó.





A pesar de que la crisis  se está cebando también con Portugal y que por todas partes aparecen detalles que la delatan, el encanto de la ciudad de las siete colinas volvió a conquistarnos.





Lo nuestro con la capital del país vecino es una historia de amor, de esas que se renuevan con el tiempo.




 Una historia que empezó en el mismo momento en que, la primera vez que fuimos en el Express Lusitania, la encargada de nuestro compartimento nos indicó que fuéramos a cenar mientras nos abrían las camas.





Escuchar la dulzura del portugués, encontrarnos con la cordialidad y la amabilidad de un pueblo que acoge a cuantos los visitan, nos cautivó por completo.







Por eso volvemos año  tras año.




Por eso contemplamos y nos entusiasmamos con las buganvillas y los rododendros en flor, sus villas decadentes, sus azulejos multicolores y con ese Tajo que refleja la luna llena para volverse de plata y acudir presuroso a su encuentro con el mar.






Lisboa no necesita protocolos ni complicaciones.
Canta sus penas a ritmo de fado y abre sus brazos a cuantos la queramos visitar






Vestido: Zara ( tiene muchos años)
Sandalias: El Corte Inglés.
Bolso blanco: Mango.
Colgante de nácar: Tienda local

miércoles, 21 de agosto de 2013

Zapatos nuevos


Los años no pasan en balde.






Por más que me quiera olvidar de que ya cumplí 54, por mucho que me sienta bien y con ganas de hacer cosas, mi cuerpo me va enviando pequeños avisos de que ya no puede hacer las mismas cosas que hacía.






No son grandes complicaciones, gracias a Dios, tengo buena salud.






Pero un día es la espalda que me recuerda que tiene una hernia en la L5-S1 y que no debo hacer esfuerzos, ni coger pesos.






Otro día es la báscula que se empeña en subir al menor exceso que haga con la comida.








Y otra son los pies que se van deformando y avisando de que esos tacones altos, altísimos que tanto me gustan, a ellos no les gustan nada o en el mejor de los casos muy poco.






Así que este año, en lugar de aprovisionarme como de costumbre con cuantos “stilettos” encontraba a buen precio, fui buena chica y me compré sandalias planas y zapatos de medio tacón con una altura llevadera que me permitan dar paseos y estar cómoda.






Eso sí, cuando vi rebajadas las sandalias blancas de tiras finas que llevaban haciéndome guiños desde que las sacaron, fui incapaz de resistirme pensando en lo bien que me quedarían con los pantalones anchos.







O sea que ya tengo calzado para mis paseos al atardecer y de vez en cuando me permitiré rememorar viejas glorias y me subiré de nuevo a las alturas que ya lo dice el refranero: para presumir hay que sufrir, o el andar majo cuesta trabajo.







Como se puede ver los brillos me gustan más que a un tonto una tiza.



Sandalias planas: Promod.
Resto: Zara 


lunes, 19 de agosto de 2013

Estampado porcelana


Hace un montón de años, cuando aún era una adolescente recuerdo que en casa de mis primos tenían de visita a una chica alemana simpatiquísima que se llamaba Sigrid.





Aquel verano, fue la novedad indiscutible.





Alta, rubia, sanota y llena de vida, parecía un chicote más y mi tía Nieves contaba divertida que no sabía lo que diría su madre cuando volviera a casa porque la comida española la volvía loca y se ponía las botas cada vez que se sentaba a la mesa.






Sigrid había pulverizado el record de mi primo Carlos a la hora de comer buñuelos y todo le parecía riquísimo.






Con lo cual la ropa que había traído le quedaba estrecha en su mayor parte.




La cosa no hubiera tenido mayor importancia si no fuera porque a  mediados se casaba una de mis primas y para la boda había que arreglarse.





Ella no se inmutó, sacó de la maleta su vestido de ceremonia y se lo puso tan contenta.






Antes de llegar Tía Nieves, nos advirtió. Ya la veréis, va a dar la campanada.
 Y efectivamente, vaya si la dio.






Con un vestido estampado en “toile de Jouie” en tono rosado, que le quedaba corto, cortísimo, aquella piel sonrosada y su aspecto nórdico, no nos dejó a ninguno indiferente.






A mí lo de llevar un vestido con decorado de platos, no me cabía en la cabeza, pero la moda es la moda y mira por donde yo acabé comprándome este traje que lleva un estampado más bien de jarrón, pero que me ha recordado la anécdota de aquella boda.








Americana, pantalón y sandalias: Zara
Camisa: H&M
Bolsa de tela: Vogue