miércoles, 27 de febrero de 2013

Olas de plata y azul




En el periódico, en los blogs, por la calle…





Parece que todo el mundo tiene una misma frase en la boca y en la mente.





¡Qué frío, a ver si llega pronto la primavera!





Es cierto que tiene variantes.





Hay quien clama por el sol, hay quien pide calor, otros suspiran por la luz…





Pero en España y en Europa estamos deseando cambiar de estación.





Así que tratando de atraer ese buen tiempo que tanta falta nos hace, me vestí de tonos claros.





Una falda llena de olas de plata y azul, para evocar días de playa y de diversión.





Una bufanda en azulín cielo para imaginarnos que la luz de la primavera está entre nosotros.






El bolso plateado para que la luna también se apunte al festín.






Y las botas y el abrigo en blanco hielo para deshelar y descongelar el ambiente que falta nos hace.





Así, aunque la fe a ratos se apague, y las ramas secas de los árboles del fondo parezcan recordarnos que el invierno no terminó. Podemos soñar con un resurgir y un tiempo nuevo que no sea sólo en lo meteorológico.
¿Alguien más se apunta?


lunes, 25 de febrero de 2013

Fin de semana casero






Ha vuelto a hacer frío, ha vuelto a llover, ha vuelto el invierno. 






La verdad es que todos sabíamos que en febrero pretender dar carpetazo al mal tiempo era prácticamente imposible.






Pero dos días de sol, unas horas más de luz y unos grados más en el termómetro nos hicieron soñar con días templados y actividades al aire libre.







Y llegó el tiempo y nos dijo: Pues va a ser que no 
 Y nos quedamos chafados y con dos palmos de narices, con ganas de protestar – seamos sinceros, no solo con ganas, protestando como locos – y encerrados en casa. 






Esta vez decidí poner al mal tiempo buena cara y pasarme un fin de semana agradable. 
Empecé por mirar llover por la ventana. 








Hay una diferencia sustancial de contemplar la lluvia con ojos curiosos a mirarla con cara de acusación,  como si estuviéramos en un proceso criminal por secuestro.






 Escuchar el repiqueteo de las gotas chocando contra el suelo, sentir el inmenso placer de estar en casa y al abrigo del frío y de la humedad tiene algo de especial. Y a eso me dediqué un buen rato.





Si ponemos atención la canción que canta la lluvia al caer en el patio de mi casa, que, como todos sabemos, es particular, nos repite sin cesar: eres un ser privilegiado, no tienes que estar ahí afuera.

Sentirse privilegiada es no solo bueno, sino muy bueno, refuerza las defensas, que dirían en un anuncio.






  Y como no todo iba a ser mirar la lluvia,  cuando me cansé, decidí que era buen momento para leer.

Me cogí el libro que estoy leyendo: Isabel, la Reina, de Angeles de Irisarri. 
Y me metí de lleno en otra época, en intrigas políticas, en reinas que bordan paños y se desentienden del mundo, en mujeres que salen adelante a pesar de todo y de todos.







Enfrascarme en la lectura terminó por reconciliarme con el temporal, acurrucada en el sofá y envuelta en una manta, la vida parece más fácil aunque haga frío.








 Y así, envuelta en una chaqueta gorda de punto, mi "finde" se convirtió en un tiempo tranquilo y casero que me dejó nueva y con las pilas cargadas para empezar otra semana


sábado, 23 de febrero de 2013

Ensoñaciones





Gris, nebuloso, difuso,  tapando el horizonte, sin dejar lugar para otra cosa que no sean los infinitos matices de ese color.

Con esa humedad que me cala hasta los huesos, que me lleva a soñar…

Tengo la sensación de escuchar con toda nitidez la sirena de un barco, oigo su llamada y  casi veo con la imaginación a los pasajeros acodados en la borda mientras  la costa se empieza a alejar.

Agua en sus diversas formas.  Agua que me rodea y me coloca en el centro de mi propio universo.



                                                           Difusión en grises



Contemplo los regueros que confluyen y más que charcos me parecen símbolos,  “nuestras vidas son los ríos que van a dar al mar que es el morir” dijo el poeta.

Brillos sobre mate, de nuevo gris en el suelo.

Hormigón que sustenta los surcos del agua y los lleva a reunirse con el charco gigante que está más allá.

                             
                                                                     La unión




Yo estoy ahí, contemplándolo parada e inmóvil como las antiguas cariátides que sustentaban el Erecteión.

 Como esas nuevas estatuas que vigilan aún las calles de la ciudad.
                                                                  ¿Grecia?







Y siento que me gustaría estar al abrigo, resguardada, protegida, agarrada a  la vida, como la hiedra al muro.

 
 
                                                Intimidad



Es lo que tienen los días de lluvia, como ella me dejo deslizar y resbalo y resbalo.

¡Qué bueno poder volver a casa!   



miércoles, 20 de febrero de 2013

Disfrazada





Llega el carnaval y parece que acompañando a  las máscaras a todos nos entran un poco ganas de disfrazarnos de jugar a ser lo que hubiéramos querido o lo que nos hubiera horrorizado.






Los disfraces nos permiten salir de nuestra realidad habitual, jugar  y soñar.





Quien no tiene recuerdos de su afán por ser el más aguerrido de los piratas, de surcar los mares a bordo de la más rápida de las carabelas.






La imaginación nos permitía transformar el capazo de mi hermano pequeño que ya no se usaba, en un bergantín airoso.






En él, mi otro hermano y yo desafiábamos los elementos en un océano creado  “ex profeso” abriendo al máximo los grifos del agua mientras nuestros padres estaban con una visita.








El susto de mi madre cuando llegó a la cocina y nos encontró embarcados, no necesito explicarlo.






Pero es que ella ya era mayor y no podía entender – viendo la habitación inundada, era difícil no echarse las manos a la cabeza – que un mar imaginario sin agua, no era lo mismo.






Y visto que el resultado desastroso del experimento corsario, ya con más años, sumergirme en la bohemia de Paris “alegre, loca y gris” que decía Aznavour y convertirme en una pintora con “chic”






Porque con la indumentaria adecuada, da igual que nunca haya sido capaz de hacer dignamente, ni  siquiera el dibujo más sencillo.





Me pongo mi boina, mis pantalones amplios y tengo la sensación de poder subir las empinadas cuestas de Montmartre,  de poder colocar un caballete en cualquier esquina y dedicarme a inmortalizar el Sacre Coeur, el arco de Triunfo o la modernidad de cristal del centro Pompidou.






Y si no logro ser pirata, ni pintora, tampoco pasa nada. Mi chaquetón marinero nuevecito es lo bastante abrigado como para permitirme ir monísima en invierno y con él en el armario, dejo atrás el Carnaval y me meto en Cuaresma que no en vano es una preparación para  el triunfo de la vida que eclosionará en primavera.





lunes, 18 de febrero de 2013

Dias de frío


Viendo las imágenes de la entrada de hoy, abrigada hasta las orejas, me he acordado de un personaje de mi infancia.



Cada vez que hacía mucho frío y nos quejábamos, mi madre siempre nos decía: Imaginaros como estará  el pobre Diego.
Y como si hubiera pasado un ángel, aquella frase actuaba como un sortilegio porque mis hermanos y yo conocíamos perfectamente la historia de Diego, el gitano.




Diego era mayor, no sabría calcular su edad, pero siempre se quejaba de que era viejo y que le dolían los huesos.





Moreno de verde luna, que diría Federico. Como Antoñito el Camborio también andaba despacio y rumboso.
Vestido de oscuro, con una americana vieja que le quedaba grande, su sombrero y botas.
Nunca parecía tener prisa, pero tampoco daba la sensación de estar cansado.




Venía a casa de vez en cuando porque le encantaba charlar con mi madre y contarle de su vida.
Tenía ese tono de voz especial de los de su raza. Un tono suave y con acento que parece hecho “ex profeso” para convencer al más reacio de lo que haga falta.





Abríamos la puerta y en seguida corríamos a avisar:Es Diego, que quiere verte.  Y nos quedábamos merodeando mientras él explicaba lo complicada que era su vida.





Tenía que seguir trabajando porque su hijo estaba enfermo, por más que los médicos dijeran lo contrario, y cada vez que lo contrataban para hacer algo le entraba un ataque y tenía que dejarlo.





Mi madre ponía cara de circunstancia y escuchaba con aparente calma. Aunque en cuanto se iba ponía verde al sinvergüenza del hijo que lo que en verdad tenía era una vagancia descomunal y estaba muy cómodo en casa mientras su padre andaba “a lo que salía”




Casi siempre nos traía unos cestos preciosos, hechos de mimbre que él mismo cogía de las orillas del río. Mi madre se los pagaba encantada y cuando se acercaba Navidad le decía: Diego no se olvide que la próxima vez tiene que traer dos que uno hay que llenarlo para los de su casa.




A él le brillaban los ojos, y siempre explicaba que de todo lo que llevaba lo que más le gustaba era la botella de coñac porque lo racionaba cuanto podía y le servía para calentarse en los días de mucho frío, allá en la chabola.






Nunca supe qué fue de él. Cuando murió mi madre, no quiso volver por casa, decía que le daba tanta pena que no lo podía aguantar. Pero en los días de frío intenso lo recuerdo con ese cariño especial con que acogemos las cosas de la niñez .

jueves, 14 de febrero de 2013

La fama




Si hay una mujer con peso específico en la Historia de la moda, si alguien puede enarbolar la bandera de la sencillez y de la revolución, no cabe duda de que es Coco Chanel.



Ella se encargó de cambiar los pesados ropajes de las mujeres de principios del Siglo XX por atuendos que en aquel momento parecían cómodos y fáciles de llevar.


 
Fue encumbrada al más alto rango dentro de lo que  se llamaban “couturiers”. Y aún hoy su recuerdo y su imagen son un puntal en lo que a moda se refiere.

 

 Su forma de vestir y sus modelos se han convertido en un  todo un clásico y su estilo revolucionario y sencillo, pero a la vez recargado y llamativo en los adornos, fue seguido  a pies juntillas, por mujeres de todo tipo.

 


En los últimos años y en parte gracias a la labor de Karl Lagerfeld, sus chaquetas de tweed han vuelto a ocupar los armarios de cuantas aficionadas a la moda existen por todo el mundo.



Sin embargo esa posición privilegiada, esa forma de ver la moda que todos calificarían como revolucionaria, no siempre la acompañó.

 

Y no hablo de oídas o de cosas que haya leído en alguna publicación. Hablo de mis recuerdos.
Debería tener 16 años o a lo sumo 18 cuando un titular de TELVA que era la revista que compraba mi madre, me llamó la atención y me quedó grabado.



Era el momento en que Ives Saint Laurent había llevado a las mujeres a la “Rive Gauche”, el tiempo en que todas soñábamos con vestirnos de Zíngaras de lujo, en que las faldas llegaban como poco al tobillo.
Entonces, ella se mantuvo fiel a sus faldas a la rodilla, a los trajes y la ropa que no en vano llevaba su nombre.


 
Sofía Torga,  directora de la sección de moda de la revista, decía que Mademoiselle – porque Coco, se había convertido en mademoiselle– permanecía imperturbable ante la maxi, como antes lo había estado a la mini.



Recuerdo que en aquel momento cuando vi sus trajes me parecieron muy apropiados para señoras mayores, pero muy poco apetecibles.



Cuando tener un smoking era el colmo de la feminidad, cuando  los colores vivos y las alpargatas de cuña llenaban las páginas de las revistas, lo llevar faldas a la rodilla y zapatos bicolores, me pareció tan desfasado que recuerdo que pensé: no se puede pretender estar en la cumbre siempre.

 



Pero las cosas cambian y la vida da vueltas.
A estas alturas ya soy la señora que en aquel momento me parecía tan alejada y los modelos, estilo Chanel  ahora me encantan, me los compro y me los pongo.
Me gustan hasta el punto de haber hecho esta entrada que se podría denominar: pasarela sobre agua.
  Una especie de  homenaje a alguien que se atrevió a ser distinta, pero que se mantuvo siempre fiel a su propio estilo.