miércoles, 28 de noviembre de 2012

Paseando por Oviedo



Cuando en 1991 al entonces alcalde Oviedo, se le ocurrió la idea de peatonalizar la ciudad, la población se quedó un tanto extrañada y parecía no creer posible la idea de erradicar los coches del centro de una urbe dedicada  sobre todo a servicios.






Pero cuando los ovetenses nos empezamos a acostumbrar a patear las calles y a ser los reyes, no ya del asfalto, sino de las preciosas losas con que se recubrió el casco antiguo, recuperamos la afición por el paseo.







La verdad es que el centro histórico está lleno de edificios increíbles, construidos en un piedra de color arena dorada, que invitan a recorrerla con calma.






Desde el patio de la Universidad, presidido por la estatua sedente de su fundador D. Fernando de Valdés Salas, que sabe de las correrías y trastadas de generaciones de estudiantes






Hasta los Palacios de Camposagrado, Valdecarzana o Toreno que hoy albergan el TSJ y la sede del IDEA, pero que en su día formaron el eje de aquella Vetusta que recorría Dª Ana de Ozores.






La Catedral, con su torre esbelta y sus encajes de piedra labrada que imitan las llamas de fuego en los últimos tiempos ya del gótico.






A su lado San Tirso, con ábside prerománico y factura románica, “pequeñina” y coqueta .





El Palacio de Santa Cruz, la Casa de los Llanes, el Colegio Notarial.








Rincones por los que me gusta deambular, sentirme “carbayona” hasta la médula, escuchar el susurro del viento jugando con las hojas secas, mirar el cielo surcado por las nubes…






 Y encontrarme con alguno de los próceres de la ciudad , que como en su día D. Víctor Quintanar, el Regente, siguen formando parte de este Oviedo nuestro chiquitín y provinciano, pero delicioso y abarcable 

lunes, 26 de noviembre de 2012

Repetimos







Repetimos abrigo, repetimos botas, repetimos pantalones, repetimos bolso y hasta repetimos viento que casi nos lleva por delante, de lo racheado que soplaba el sábado por la tarde.








Y repetimos porque a pesar de que tengo mucha, muchísima ropa, la idea del blog es reflejar una normalidad y lo normal es que use las cosas que me compro, no una, sino muchas veces.








No se trata de incitar a llenar el armario de prendas nuevas, sino de enseñar cómo me las pongo, por si a alguien le da ideas para usar a diario.







No quiero presumir, ni dedicarme a enseñar las últimas novedades de las tiendas.







Para eso existen infinidad de blogs, de chicas más jóvenes, más guapas y con mucho mejor tipo que yo.







La idea es crear un espacio que con la excusa de la moda, nos permita pasar un rato agradable.







Un espacio en que nos sintamos un poco en casa.








Transmitir normalidad, dar la imagen de una persona con la que nos podamos identificar, a la que  le pasan cosas parecidas, que lleva ropa que nos podemos comprar.







Con días buenos, malos y regulares.







Que no siempre puede actualizar con la regularidad que le gustaría porque tiene quehaceres que atender, personas con  quien hablar, cosas para disfrutar.








Porque a pesar de sentirme Marquez@, no quiero ser estirada, ni creerme por encima del mundo.
Por eso repito ropa y me pongo un jersey verde lima y un pañuelo con dibujos de piruletas que hacen juego con el exterior del Palacio de los niños donde hicimos las fotos.  






Nota: Las manchas que se ven en el abrigo son la obra de la pelusa que suelta el jersey que al ser de pelo, hasta que no pase un tiempo me pone el resto de la ropa perdida .

viernes, 23 de noviembre de 2012

Collares y zapatos


Para alguien como yo, que se crió viendo en televisión las novelas de la tarde y los estudio uno de los viernes, la atracción por los collares resulta algo casi natural.




Si hoy las series americanas nos invitan a parecernos a las protagonistas de Sexo en Nueva York, Gossip Girl  o Mad Men, allá por los años 60 veíamos constantemente representaciones de novelas de Dostoievsky,  Dickens o teatro clásico español y más tarde cuando llegaron las series extranjeras, la oferta se amplió con otras como Arriba y abajo o Poldark-





Protagonistas femeninas, vestidas de época, miriñaques, faldas hasta los pies, escotes y collares, infinidad de collares, lujosos y brillantes que cubrían el cuello y el escote de las actrices de la época.



Anna Karenina, la princesa María Bolkónskaya  de Guerra y Paz, Tonia de doctor Zhivago, Escarlata O´Hara en Lo que el viento se llevó. Mujeres maravillosas que acudían a fiestas en grandes palacios ataviadas con sus mejores galas y adornadas con joyas increíbles.



En mi imaginación de niña, aquellas mujeres encarnaban la feminidad y la belleza.







 Su imagen vestidas de terciopelo o tafetán, con un collar que refulgía bajo las luces de las lámparas, ha quedado grabada en mi subconsciente, como algo maravilloso


Supongo que por eso soy incapaz de resistirme a los encantos de los collares con brillos.



Hasta hace poco, me había conformado con la suave belleza del oriente de las perlas. Desde que los chinos se dedicaron a cultivarlas y se volvieron asequibles, me hice con toda una colección.




Pero mi diablo tentador se llama Zara y cuando en sus perchas empezaron a colgar collares quedé definitivamente perdida. Empezaron los cuellos bordados y de ahí pasaron a  los rígidos y luego a los de todo tipo, así que cuando me di cuenta de que todos me gustaban y que cada día me merezco más lo de Carmen Collares, decidí parar y mirar los nuevos sólo de reojo.


Lo de los zapatos de salón con tacones vertiginosos, ya es una debilidad conocida y como las fotos de los últimos que me compré quedaron originales, las uní a esta entrada que casi parece el anuncio de un bazar.  










martes, 20 de noviembre de 2012

Tropezando en la misma piedra




¿Os acordáis de una entrada a  finales de verano, en la que decía que las prisas no son buenas consejeras?






¿Y de otra más reciente que salía con una gorra tipo jockey roja en que llevaba unos calcetines espantosos?






Pues por aquello de que no hay dos sin tres y de que el hombre – en este caso la mujer – es el único animal que tropieza dos veces en la misma piedra, al escoger la ropa de esta entrada he corrido y he vuelto a meter la pata con los calcetines.






En mi zapatero – es un decir, no tengo zapatero, sólo unas cajas colocadas muy ordenaditas en la parte baja de los armarios  y en el trastero – están proscritos los botines.







No me veo con ellos y me parece que me acortan una pierna que de por sí no es larga. Aparte de que me recuerdan a las señoritas de principios del Siglo XX y no les acabo de encontrar el aire moderno.






Pero tengo que reconocer que con determinadas combinaciones son imprescindibles y se nota su falta a la legua.








Tenía ganas de algo con tachuelas plateadas y cuando vi esta especie de jersey camiseta, me  gustó, me apetecía buscar una aspecto moderno y que mezclara cosas rockeras con otras más clásicas.







Me pareció que le iba bien al pantalón de imitación de cuero y me la probé antes de salir, no quería ponerle zapatos de salón y las cuñas me pareció que iban bien, pero en casa no le puse calcetines.






Al salir para las fotos tuve miedo que me rozaran los zapatos y tener frío con lo que me puse unos que creí que no se verían, pero en las fotos saltan a la vista de un blancuzco espantoso y totalmente pasado.






Por más que trato de no mirarlos y fijarme en el resto, los ojos se me van detrás de ellos como hipnotizados, con lo que no me queda otra que hacer un ejercicio de humildad y reconocer que me equivoqué por partida doble






Así que haré propósito de la enmienda, por partida triple:

No me empeñaré en modernizarme, no es mi estilo
No me pondré calcetines con pantalones sin mirarme y remirarme hasta comprobar que no me destrozan el conjunto.
Tendré que buscar unos botines que me queden bien y no me hagan paticorta   






domingo, 18 de noviembre de 2012

Arreglando el mundo




Hay días en que me siento llena de ideas, organizadora, incluso mandona.





Días en que cojo la vara y me erijo en dueña de mi propia vida, alcaldesa perpetua de mi casa y mi entorno.







Días en que me explico, relato, casi doy un mitin a todo el que me quiera escuchar.





A veces, ni siquiera necesito auditorio, me basta con escuchar en voz alta mis propios pensamientos, ponerles orden y situarme.





A medida que se convierten en palabras me doy cuenta de si merecen la pena o fueron simples ideas de un momento.






Porque mi cabeza es incapaz de dejar de pensar, de buscar soluciones a los problemas que aparecen, de  proyectar empresas para el futuro.





Y no todo lo que se me ocurre sirve.






Necesito filtrarlo y elegir lo más adecuado.






Y luego si veo que me puse demasiado trascendente, me río de mí misma, me dejo llevar por la vena frívola y le quito importancia a tanta revolución, porque la vida tiene un poco de todo.