sábado, 16 de septiembre de 2017

El día D de una novia de cincuenta y ocho años



Once años de noviazgo no es precisamente poco tiempo.
Y si a esa década prolongada le añades que los protagonistas de la historia tienen 60 y 58 muy largos años, lo de pensárselo tanto no parece muy lógico.


Pero nuestras circunstancias eran las que eran y hasta ahora no llegó el momento.

Julián se prejubila el 1 de octubre al cumplir los 61 años y para no perder los 15 días de permiso por matrimonio que da la ley, decidimos casarnos por lo civil el día 15 de septiembre.



Podíamos elegir entre Gijón y Oviedo, pero yo tenía claro que me apetecía estar detrás de la mesa en la misma sala donde había casado a tanta gente y sentirme rodeada por gente que conozco.




El día antes, ya por la mañana recibo una llamada de El Invernadero diciéndome que tenían una sorpresa para mí.



Y la sorpresa llegó en forma de un centro de flores. Más tarde fueron llegando más, que me hicieron de lo más feliz.



Empecé los preparativos ¿Cómo no? En la pelu.

Mi amiga Purina, de la peluquería Antonio en calle Uría, me había dicho que me pasara por allí y que decidiríamos lo que hacíamos y no pude agradecérselo más.



Por tranquila que seas, el día de tu boda los nervios siempre hacen su aparición y no hay nada mejor para calmarlos que saber que otros  se encargarán de hacer que todo funcione.


Me peinaron, me maquillaron, me hicieron fotos para subir a instagram y me fui de allí de lo más relajada.



Tenía que pasar, antes de vestirme a recoger el broche de la tía Sagrario que me iban a prestar para cumplir con el mandato de toda novia: Algo nuevo, algo viejo, algo azul y algo prestado.



Se me había olvidado hasta la noche antes que me llamó Ana Linera para decirme que ella se encargaba de traerme algo azul, pero una vez conseguido el préstamo me fui para casa a vestirme.



Había previsto llevar un vestido que tengo de hace tiempo, que siempre me pareció de lo más apropiado para una novia madura.



Pero como los del tiempo anunciaban un frío espantoso y lluvia, preparé un segundo con manga larga y más cerrado.



Me los probé los dos y entre Julián y yo – ya sé que me salté todas las tradiciones al respecto, pero después de años fotografiándome sabe mejor que nadie lo que me favorece – decidimos que me podía poner el de verano que me favorecía más.


Me lo puse, cambié las sandalias previstas por unos zapatos dorados, me coloqué unos pendientes y las sortijas que me había regalado él, la pulsera de mi abuela materna y una cruz, regalo de mi hermana y mis sobrinas y nos encaminamos al Juzgado.



Teníamos esperando a no sé cuanta gente. Todos los que se enteraron, querían vernos y mientras nos llamaban y no estuvimos más que acompañados.



Llovían los whatsapp, las felicitaciones en instagram y facebook se multiplicaban y a cada momento aparecía alguien conocido que nos quería abrazar.


 Es lo bueno que tiene casarse en casa.


                                                     
A nuestro lado una pareja negra con un montón de invitados y profusión de damitas de honor, hicieron nuestras delicias. No os podéis imaginar el despliegue y el colorido, empezando por la inmensa limusina blanca y terminando por las indumentarias de los invitados.



Y por fin llegó la hora. Virginia y Belén, presidiendo el estrado, Ana de ayudante y nosotros sentados en primera fila.



Cuando has casado a mucha gente, la ceremonia te resulta tan familiar que te la sabes de memoria, pero cuando es para ti y cuando entre los asistentes aparecen las caras de personas con las que has trabajado y a las que te sientes unida, se convierte en algo muy especial.



Virginia se esmeró y estuvo cercana y cariñosa, las palabras de siempre parecían nuevas y hasta los artículos del Código Civil sonaban diferentes.



Salieron a la palestra los móviles, nos hicieron fotos a montones y nos sentimos agasajados de verdad.



Luego nos fuimos a comer con nuestras “madrinas” dos de mis amigas de siempre muy queridas y entre risas y comentarios de que novia mojada, novia afortunada, nos quedamos hasta media tarde.


Todavía nos quedan las celebraciones de verdad, por más que vayan a ser íntimas y con los más próximos, no dejan de ser pequeños acontecimientos y yo no dejaré de aprovecharlos para sacar a la palestra otros modelos.


A fin de cuentas, una es bloguera para algo y hay que aprovechar las circunstancias.
Ya os iré informando.



Por cierto, muchísimas gracias por todas las felicitaciones recibidas, me hacéis muy, muy feliz.

 Fotos: M.J. Cueto , Julián Herrero y diversos móviles.




miércoles, 26 de julio de 2017

Lunares



No sé si me pasará sólo a mí, o si será algo generalizado, pero parece que cuanto menos hago, menos quiero hacer.


Tengo el blog casi muerto de inanición.

viernes, 7 de julio de 2017

Zapatos de mujer fatal



Hay zapatos y zapatos.


Hay zapatos para caminar, para estar cómoda y con los que  te parece que puedes llegar al fin del mundo

martes, 27 de junio de 2017

Rosa y fucsia



Cuando los vi fue todo un flechazo.


Aquellos colores se quedaron impresos en mi retina a la vez que despertaban un mundo de sensaciones.

miércoles, 31 de mayo de 2017

Camiseros que transforman



Si unos meses antes, alguien me hubiera preguntado por cómo me veía, estoy convencida de que hubiera respondido que como una mujer madura, sensata, segura de sí misma y bastante responsable.


Pero en aquel verano de 1980, en que un cáncer fulminante se había llevado a mi madre, todas esas seguridades parecían haberse difuminado.

martes, 16 de mayo de 2017

Descanso y planes, con rayas azul marino y blanco en un conjunto de primavera



La semana pasada estuvimos en Teverga. Aprovechando que Julián tenía vacaciones y yo no trabajaba nos fuimos a tomar posesión de nuestra nueva casa.


Realmente no se trata ni de una casa nueva, ni de que no fuera mía antes. Es la casa de mi familia y hace años que mis tías me la donaron formalmente, pero cuando lo hicieron se reservaron el usufructo.